Un señor vivía en Laberintópolis, ciudad donde un gobierno autoritario
exiliaba a los opositores molestos.
Las casas no tenían dirección, había almacenes y despensas regularmente
distribuídos, y, por supuesto,
las calles no eran rectas, sino intrincadas, con algunas salidas y algunos
callejones.
Los habitantes no podían invitar a otras personas, ya que no sabían cómo
decirles su propia dirección -que no existía-, ni cómo hacerlos llegar.
Este señor, un día, se aburre de vivir en un aislamiento tan tramposo como
era el de tener vecinos tan perdidos como él.
El problema, es que nadie se aventuraba demasiado lejos, pues podían no
saber regresar.
Al menos, en sus casa vivían con ciertas comodidades.
Este día, se pone a discurrir qué camino haría, qué pasaría si no volviese,
y, peor aún, qué encontraría más allá de la ciudad, si es que conseguía
salir -ya que nadie sabía dónde terminaba, cuán cerca del centro o del borde
vivían, y si efectivamente había salida alguna-.

    Cuáles eran los riesgos? Los enumeró.
Uno, no saber volver.
Dos, no saber salir.
Tres, que no exista salida.

No sabía en principio en qué orden estaban. Pero, ante un arrebato, sale de
su casa, cierra con llave, y se empieza a embriagar de esquinas y recodos.

Camina hasta cansarse, y reprime deseos de volver a su casa. Finalmente,
cuando está por caer, cree encontrar la salida,
 y despierta.
Se da cuenta, que no vive en Laberintópolis, sino en Juan Perez.
Se da cuenta, que había un cuarto y más terrible riesgo, y tal vez el único
por el que realmente valía la pena hacer ese viaje: que sí exista salida,
pero que ´afuera´ no haya nada.

Lo que olvidó de preguntarse, es quién hacía el papel del gobierno.

Su vida de despierto desde entonces no cambió demasiado, fue solo un sueño
después de todo, igual que este cuento.