Soy un personaje creado por la Historia.
Nunca existí.
Me crearon de comodín, y nazco con cada versión que cuenta una maestra o
historiador.

Sólo para que un prócer muy conocido, en una casona de principios de siglo
XIX, me pregunte apurado ´Sabes dónde está Cornelio?"
Y yo le diga : "sí, lo sé."

No tengo nombre, pues la Historia no me ha apellidado. Sólo soy ese eslabón
perdido, minúsculo pero neurálgico que ocupo -como extra- esos catorce
segundos de la historia Argentina.

Y la Historia que cuentan, cada vez que la cuentan, pasa por alto esa
escena, por eso me creó, para rellenar ese hueco al cual nadie prestó
atención; una cuestión consistencia.

Y cada vez que conozco a Saavedra, conozco un Savedra distinto, con
distintas aspiraciones, intenciones, y humores.
Y por eso él está atado al relator. Su personalidad es el verdadero hueco a
ser rellenado por la subjetividad.

En cambio yo, desde mi anonimato, soy siempre el mismo.
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    El último relato donde viví, contado en un lugar de Salta, en las
afueras de la ciudad, el Saavedra que conocí me impactó.
Tenía ese tono solemne que le suelen dar, pero era mucho más impredecible
que otras veces.
Y entonces ocurrió.
Aparece repentinamente, me mira, y sonríe -a diferencia de su temple
inmutable a las veces de la historia-.
"Sr. Cornelio.." empiezo a decir, como siempre, y en vez de preguntarme y yo
decirle quién lo esperaba en la sala, me sonríe y sale.
Me dejó sin palabras, y no supe más de él.
Y por primera vez en la Historia, cuando viene el prócer y pregunta por él,
yo sólo le pude decir
"No, no lo sé."

Esto sólo puede significar una cosa.
Mis días están contados, y mi tumba de papel estará en una biblioteca en
algún lugar de las afueras de Salta, donde sólo seré tinta para siempre.