Esta historia la cuento, como se cuentan los cuentos.
Es una historia que no diré cómo la supe, ni quién me la dijo.
Es una historia de la que poco sé, y que poco voy a narrar.
Pero aquello que cuento,
que quien la escuche desconfíe,
y quien la cuente, no cuente de mí.
Y se trata de Nicolás. Nicolás tenía siete años, y le faltaba poco para
cumplir los ocho.
Vivía en un pueblito, en una casa simple.
Nicolás nació sordo, y era mudo, pues nadie le había enseñado a hablar.
De todas las cosas que hay en la casa,
sólo una, era su preferida: el violín de no sabía quién -pues nadie le supo
explicar tampoco-.
Cuando lo agarraba, los papás lo retaban, pues hacía sonidos que les
resultaban molestos.
Así, que debía tocar a escondidas y en los huequitos de tiempo en que
quedaba solo.
Un día, se sentía especial, algo distinto de siempre, y con esa rara
inspiración, en el momento en que la madre salió de compras y el padre no
estaba, fue, tomó el violín, e hizo tres notas suaves.
Se sintió fatigado, pero las repitió.
Las repitió más suave, y luego le agregó una cuarta.
Se sintió más cansado aún, pero relajado,
y las volvió a repetir, pues sentía en ellas lo que nadie le dijo que se
llamaba belleza.
Y cuando las terminó de tocar, justo entró la madre, lo vio con el violín, y
lo retó.
Lo encerró en su cuarto, y volvió a guardar el violín.
Nicolás lloró, pero sólo mantenía su alma el volver a agarrar el violín,
cuando su penitencia terminara.
Unos días más tarde, un poco más de una semana,
la situación se repitió: madre de compras, tomó el violín, y de nuevo
las cuatro notas.
Se sintió flotar, se sintió aliviado, se sintió a la vez cansado pero
palpitante.
La madre entró -y obviamente él no la escuchó- pero no lo vio, porque se
apresuró a guardar las cosas en la heladera.
Nicolás, repuesto, vuelve a hacer sonar las cuatro notas, sintiendo cada vez
esa extrañeza deliciosa más intensa aún.
La madre, enloquecida, corre hasta el cuarto, le saca el violín, está a
punto de romperlo pero recuerda que es una reliquia familiar. Lo mira
enfurecida, aparta el violín, y lo vuelve a encerrar en penitencia.
Esa tarde los vecinos se quejaron con ella, por no soportar esos sonidos en
la hora de la siesta.
Ella les pidió disculpas, y les aseguró que no volvería a pasar.
Le pegó a Nicolás, pero él no lloró esta vez.
Encerrado en su pieza, cenando sin postre, pasaron los días, y algunos días
más.
Al fin, la situación no se hizo esperar más, y, en una apuradísima búsqueda
del sitio donde le habían escondido el violín,
lo encuentra, otra vez que la madre se había ausentado.
Esta vez,
con los ojos cerrados, y apoyando con toda su cara en ternura la parte
gruesa del violín,
toca las cuatro notas, más una.
Escucha un ´plopf!´ detrás de él, y al darse vuelta sorprendido, ve un
personaje pequeño, más sorprendido que él (y también más pequeño que él),
mirando a todos lados, un tanto cejisjudo, ajitanto dos brazos cortos hacia
arriba y abajo.
"Libre!" grita el personaje, "al fin libre!" tras mirarse el cuerpo, como
quien nota la falta de algo opresivo.
Inmediatamente, el personaje mira a Nicolás, un poco temeroso, pero con
cierta cara tiernamente enojada.
"Cómo supiste mi nombre?"
"Yo?" piensa Nicolás
"Claro! La malvada Bruja me encerró hace ya tanto tiempo que nadie recuerda
de mí ni de mi nombre,
y nadie podía liberarme del hechizo sin decirlo."
"Bue,...bueno, no sé" piensa Nicolás, "solamente toqué las
notas...porque..." y no supo cómo terminar.
"Hmmm..." dice el personaje, "a ver: cuál es el tuyo? Cuál es tu nombre,
criatura?"
"Yo soy Nicolás"
"Así Nicolás, que te gustó mi nombre... Gracias!" dice el personaje,
cerrando los ojos en un jesto de orgullo y altanería.
A Nicolás le pareció un poco más gordo.
Estaba tan orgulloso, que sin darse cuenta caminaba en círculos con los ojos
cerrados y se llevó por delante una silla.
Caído, molesto y herido en su orgullo, se repone rápidamente cejisjudo
nuevamente con un "ejem!" como si no hubiese pasado nada.
"Y bien Nicolás, por haberme librado del hechizo, te voy a conceder un
deseo. Qué te gustaría? Dinero? Hechizar gente?"
Nicolás pensó en lo que le decía, pero para él no tenía ningún sentido ni
atractivo.
"No, no..." dijo pensando, "quiero,... quiero conocer a alguien como yo, que
sienta eso que sentí cuando toqué tu nombre"
"Hmmm..." dice de nuevo el personaje, cejisjudo esta vez por pensativo,
"difícil, difícil, entre los de tu especie, pero bueno, te lo ganaste, mi
libertad lo vale.
De aquí en más, haré que el violín sólo sea para tí, y cumpliré tu deseo.
Ahora que sabes mi nombre, sabés cómo llamarme. Adios!"
"Esperá! Cómo voy a saber..."
y otro ´plopf!´ y el personaje desapareció.
"Solamente seguí la musica!" dice la vocecita lejana del personaje que ya
se había ido.
En ese momento, Nicolás ve que la puerta se abre, y se apresura y esconde el
violín en su cuarto.
A la mañana siguiente, Nicolás lo despierta una música que le resulta
hermosa, pero, que a la vez, le resultaba parecida a lo que él tocaba en el
violín. Pero además tenían palabras, que él reconocía.
Recordó las últimas palabras de su amigo, se vistió, puso el violín en una
mochila, y bajó.
Caminó en dirección a donde escuchaba la canción, y caminó mucho tiempo,
cuadras, veredas, se alejó del pueblo, y a la tarde, ya muy cansado, llegó a
otro pueblo.
La música no paraba, y a medida que se acercaba, la escuchaba no más fuerte,
sino más bella y con más nitidez.
Hasta que llega a una ventana, donde ve una chica pintando un cuadro que le
resultó hermoso.
En la casa, nadie parecía prestarle atención. Y ella, mientras pintaba,
pensaba en la pintura como en la música,
y era esa música la que él escuchaba.
"Hola!" dice pensando Nicolás.
Ella lo mira, y, con una sonrisa, lo ve -como nunca había visto a una
persona, pues era ciega-, y ella le dice "Hola!"
"Cómo te llamás?"
"Micaela, y vos?"
"Yo me llamo Nicolás".
"Nicolás, qué te parece mi cuadro?"
Nicolás, que no sabía la palabra para decirlo, saca el violín, y entonces
toca una música,
una música que sólo ellos podían escuchar.
Una música que a ella le pareció hermosa, como a Nicolás le pareció el
cuadro que sólo ellos podían ver.
Y acá termino la historia, agregando que Nicolás y Micaela se quisieron
mucho, y de grandes se casaron.
Lo que dejo de esta historia, y es algo que yo no sé decir,
es qué era la belleza para Nicolás, el chico sordomudo, y Micaela, la
chica ciega.