recibía el sol a diario, en medio de un follaje amplio y fresco.
Era parte de las tardes, conocía las brisas por sus nombres, y era parte de
la vida de un mundo.
Pero un día cae, por otoño?, por tormenta?, por vejez?
Empieza a caer y por primera vez ve el mundo desde la caída, desde el
movimiento autónomo que no es ni viento ni ramas.
Empieza a descender del mundo verde de la copa, conoce por única vez las
hojas más jóvenes que no alcanza a despedir...
Ysigue, cae en una maestra danza final con el aire, libre y por sí misma,
por la gravedad que no conocía.
cae despacio, firuleteando, a veces a un costado, a veces hacia arriba, pero
para seguir callendo.
Y cae y conoce el mundo marrón del tronco, sigue callendo y entonces supo
cuán alto estaba,
supo cuán viejo era el arbol,
 y cuántos animales vivían en él.
Pero seguía cayendo, como un recuento de mundos que jamás sospechó,
reservados para este último momento.
Cae, ve fugazmente las raíces, hasta que finalmente aterriza en el suelo. No
sabía qué era ni que existía un suelo.
Y entonces conoce a las hormgas, y es lo último que conoce.


    Para nosotros, que mucho sabemos, nos es tan insignificante el vuelo
(único, y final) de la hoja que no somos capaces de preguntarnos si valió o
no la pena.
Porque, si tuviésemos el coraje de intentar responderla, entonces tendríamos
que admitir que también nosotros somos hojas.