Por todo lo que sabía Hernán, el estudiante, los gitanos vivían a 5 cuadras
de su casa;
él estudiaba, y era un estudiante dedicado, pero jamás los había estudiado a
ellos.
Los veía pasar, las mujeres haciendo costosas adivinaciones, palmas leidas,
amuletos y bendiciones.
Eso era del otro lado de su ventana.
Un día, Hernán venía de la parada de su omnibus, a la tardecita. Volvía de
las clases, y al bajar, un hombre lo mira fijamente.
Hernán, da vuelta y se dirije a su casa. Para en la esquina siguiente, da
vuelta, y el hombre lo seguía.
Se asusta,
y empieza a correr.
Mira atrás mientras corre, y el hombre lo seguía, también corriendo, temible
aspecto.
Hernán corre todo lo que puede, y no faltaría mucho para que lo alcance, y
por instinto dobla y se mete en la cuadra de los gitanos -que quedaba antes
de su casa-.
Jalea, no respira, no puede correr más; mira, y el hombre se detuvo lejos,
mirándolo fijamente.
No entró al barrio gitano.
Se pasea nervioso unos pocos pasos.
Un acordión suena a unos metros de Hernán, que sonaba como de fondo en su
miedo.
Pero el hombre finalmente se va. Desaparece de la vista.
Hernán tiembla, pero se empieza a relajar, y a prestar atención al acordión,
que esta vez suena algo más fuerte, y más avivado.
Mira a donde viene la música, y ve un muchachito con lentes sentado en una
silla, a la puerta de la casa gitana.
Hernán recupera la respiración de a poco, se levanta, y se dirije al
muchachito, quien no para de tocar.
Cuando Hernán está a dos metros del muchachito, deja de tocar y le sonríe
tras unos lentes muy gruesos.
"Satipen ta li!" le dice el muchachito, sonriendo.
"Qué?" le dice Hernán.
"Te estoy saludando, soy Sandojé". Había una inocencia tierna en el
muchachito.
"Soy Hernán, hola"
Sandojé lo mira, le sonríe, y está por continuar con su música, pero un
llamado en voz alta de una mujer -inentendible para Hernán- hace que Sandojé
deje de sonreir.
Comienza a levantarse, y Hernán nota cuánto esfuerzo le lleva. Al fin
consigue levantarse, y le dice "Satipen ta li, Hernan", y rengueando entra
en la casa. Tenía una pierna más corta que la otra.
"Gracias, Sandojé" contesta Hernan; Sandojé mira hacia atrás, sonríe con
algo de tristeza, y se va.
Ahora Hernán toma el camino a su casa, cauteloso, aunque no había rastro de
su persecutor.
--
Pared, blanca pared.
Hernán no puede estudiar.
Está hipnotizado por la nada, mirando sin ver las grietas en la pared.
Se acercaba el domingo. Ya era domingo.
Un comportamiento extrañísimo para Hernán. Sale, y decide ir al barrio
gitano.
Había un clima de fiesta.
Se pone inmensamente contento al ver a Sandojé sentado afuera de su casa, y
escucha -lo que él llamaría una polka-, aunque era ´kustino oro´.
"Sastipen ta li, Hernan!" le dice sonriendo Sandojé, tras sus gruesos
lentes.
"Sastipen ta li, Sandojé!" le contesta Hernán, también sonriendo.
"Yajaira!", dice Sandojé hacia adentro de la casa, pero sin dejar de mirar a
Hernán. "Yajaira!"
Hernán no entiende, pero sonríe, espera.
Una muchacha aparece, largo pelo morocho, atado con un pañuelo.
"Mi hermana, Yajaira" dice embobado Sandojé.
Hernán no sabe qué hacer. Una extraña sensación de belleza.
"Hola, Yajaira" - "Él es Hernán", dice Sandojé desde su banco, mirando hacia
arriba, a su hermana.
Ella sonríe, una sonrisa enérgica, tal vez pícara, tal vez de burla, no lo
podía entender.
Parecía tener personalidad.
Súbitamente Yajaira entra en la casa. Sin tardarse, mientras Sandojé
acomodaba sus dedos en el acordeón, ella trae algo.
Sandojé sonríe, y le dice ´es un regalo´.
Hernán lo toma, nada dice. Se sentía desbordado por algo que no pudo
definir, y necesitó irse. Tal vez sintió vergüenza, o se sentía demasiado
bien.
"Gracias, Yajaira".
Ella le devuelve la sonrisa, enérgica e indescifrable.
Hernán saluda, y se va. Se va todo lo rápido que puede, y llega a la casa.
Abre el regalo. Era una vela dentro de una luminaria, hecha también de cera.
Tenía dibujadas montañas, y unas nubes. Un paisaje.
La vela estaba cerca del paisaje. Hernán la enciende, y ve que el efecto es
un atardecer, la vela hace de sol desde arriba, y a medida que se consumía,
se ocultaba detrás de las montañas.
"una vela del atardecer", piensa.
Fue hipnótico, y así transcurrió su tarde.
--
Ese fue el último recuerdo importante de su época de joven estudiante.
Hernán se mudó de país, y tiene un doctorado.
Recuerda a Sandojé, y su atracción a Yajaira. La sonrisa simple del
muchachito.
La vela, y ese atardecer de cera.
No recuerda muy bien qué pasó desde entonces, su vida no tomó gran
trascendencia, y los años transformaron los deseos en recuerdos: había
envejecido.
Ahora daría cualquier cosa por saber qué fue de ellos. Sabe qué fue de sí
mismo, pero, quisiera tener nuevamente la vela del atardecer, y poder ir al
barrio gitano, a ver qué es de la vida de ellos, a desentrañar la mirada de
Yajaira, y la sonrisa de Sandojé: la llave de la noche que nunca ocurrió,
que nunca produjo, y recién ahora comprende por qué.
[acordeón de cierre]