"Pertenezco a una raza imaginaria que llamo amepeme.
Entre nosotros, tenemos una creencia:
lo reversible de las cosas.
Contamos entre nuestra historia, que
muchos años atrás, los primeros amepemes vivían en una tierra blanca.
En esa tierra se cultivaba un árbol de copa celeste. Y que cada vez que un
amepeme lloraba,
sus lágrimas secaban un árbol, mostrando primero la tierra blanca, y luego
marchitándola a gris.
Y que un día, una amepeme lloró mucho, sin nadie saber por qué,
y de su tristeza partió en exilio, tal vez para olvidar, tal vez para
buscar,
y fue lejos de esa tierra, tan lejos como pudo.
Tras ella, otros amepemes que también sentían tristeza, la siguieron hacia
esa tierra lejana.
Es así, que cuando los amepemes se sienten tristes, se van a esta tierra,
hasta que encuentran lo que buscan,
o su tristeza pasa. Entonces retornan a la tierra blanca natal.
Nosotros, amepemes tristes, habitamos en retiro en esta tierra lejana, en
que de lejos vemos nuestra tierra arriba,
azul desde aquí por las copas de los árboles, árboles que aquí, en la
Tierra, llamamos Jacarandás."
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9:30 pm. Encuentro una simetría asombrosa con lo que ocurrió esta mañana,
9:30 am.
En los días, reversibles todos ellos, tienen una versión de luz, y una
versión de noche.
Yo me encuentro mejor con la noche.
Pero me ocurre que no puedo distinguir a veces un día de otro, una mitad de
otra, y así en estos tiempos simétricos, donde todo parece repetido, el jugo
de la mitad de la naranja me sabe igual a la otra mitad.
Más de lo mismo.
Creo que si hubiese vivido en el Comienzo de nuestra Era, y hubiese
presenciado el nacimiento de Nuestro Señor, hubiera encontrado también al
mundo en espejo, AC, DC.
Pero hoy el milagro me fue concedido: detuve el tiempo, y pude permanecer en
el filo de la simetría.
Y fue allí donde me di cuenta.
Llevamos civilizaciones intentando confundir envejecer con madurar.
Tal vez habite para siempre en este mediodía, o en esta medianoche.
Me resulta posible.
Creo que yo, un ordinario amepeme, no necesite volver a la Tierra del Cielo,
pues mi tristeza se ha detenido también.
Y con ella mi búsqueda.
Seré un espíritu que habita en lo Inmovil.
Y aquí permaneceré.
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9.30 am. Estoy sumergido en las raíces, soy agua que irriga un Jacarandá.
Fui el rocío de la mañana. Y ahora soy poderosa agua refrescante.
Encuentro que, desde debajo, el Jacarandá es igual que hacia arriba.
Sólo que aquí está en la tierra, y en plausible oscuridad.
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9.30 pm. Soy el pez que asoma su cabeza hacia el aire, salta, y retorna al
agua.
Nado y buceo, me escabullo por un medio para mí invisible que llamo agua.
Donde me siento cómodo,
donde en realidad no siento al agua salvo por los remolinos.
Donde a veces una ola poderosa me eleva y me hace ser energía, la intención
de manar, de ser la voz que es la fuerza.
Pero eso son sólo milagros, milagros que hacen que una ola se diferencie de
las otras, en el océano infinito.
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9.30 am. Acabo de despertarme. No sé si es de noche o es de día. Miro el
techo, y veo la mancha que creo que alguna vez fue un insecto. Veo que se
mueve, pero no es posible. Entonces me doy cuenta que soy yo,
espíritu que habita el mundo Inmóbil,
esa mancha que se mueve.
Soy yo que habito en el límite que separa lo que está dentro de mí, de fuera
de mí.
Entonces soy el mundo,
el mundo inmobil que me rodea,
que se mueve cuando yo soy la mancha del cadaver de un insecto.
Aún no sé si es de día o es de noche,
sé que son las 9.30, pero no de qué hemisferio del tiempo.
Sé que soy un cuerpo, pero no sé si de un amepeme o de una mancha. Hay un
espejo y no sé de qué lado estoy.
Entonces decido mirar hacia afuera, a mi jardín,
y veo un Jacarandá,
seco.
Al fin ya sé quién soy.
9.31pm.

Dibujo de Guada