Una señora va empujando su bicicleta en una calle empinada.
Un señor viene bajando por la vereda, y ella le dice
"disculpame, por casualidad tenés hora?"
y él le responde
"sí, y de casualidad: son las once menos cuarto." (de la noche)
"gracias", dice la señora, y sigue empujando la bicicleta cuesta arriba.
No se hubo alejado unos pasos, cuando el señor, que había permanecido
quieto, le dice en voz alta
"Pero ojo! en cinco minutos van a ser las once menos diez!"
La señora, mira para atrás, sonríe, y sigue su camino.
Pero el señor no sonreía, por el contrario, estaba serio.
Ese es el señor Gutierrez.
Un aplicado a la hora. Siempre daba, la hora, y por aplicación y altruismo,
cuál sería la hora en cierto tiempo.
Creía ver en las personas cuán apuradas o necesitadas de saber la hora, y en
eso variaba el grado de futurismo: les decía qué hora sería en media hora, o
en una hora, o hasta al día siguiente, como aquella vez que le dijo a un
pausado abuelo : "pero recuerde que dentro de veinticuatro horas serán las
cinco y media de la tarde, eh?", siempre con su característica aplicabilidad
y seriedad.
Hasta había veces que, si la persona le caía bien, podía llegar a anunciarle
hasta otra instancia más del futuro cercano.
Curiosamente, nunca fue más allá de las treinta horas.
La gente solía mirarlo con desconfianza cuando vaticinaba la segunda hora
según sus apreciaciones, y no sabían si los estaba cargando o tenía algún
problema mental.
Pero la realidad, era que ninguno de los dos casos eran correctos. El señor
Gutierrez jamás bromeaba en cuanto a la hora, y estaba perfectamente sano
física y psicológicamente.
Cierta vez, una chica le resultó atractiva, y sin quererlo improvisó lo
siguiente:
"son las tres de la tarde, en veinte minutos van a ser las tres y veinte, y,
si me tratás bien, te digo la hora que será en cincuenta minutos", y quedó
en suspenso, más nervioso que serio.
Esta chica sonrió, le cayó simpático y tomó el gesto como ocurrente,
divertido, y siguieron caminando juntos y formaron una fugaz relación, que
terminó cuando ella descubrió que el señor Gutierrez era así, serio y
aplicado, y que no era ni divertido ni había sido una artimaña de
coquetería.
El señor Gutierrez nunca entendió por qué la chica se fue de su vida, y
cuando se recuperó un poco, repitió el método -que le había resultado
exitoso sin entender exactamente por qué- con otras chicas, algunas de las
cuales tomaban el gesto y formaban también fugaces relaciones, todas
terminando por lo mismo y en las mismas lamentables circunstancias.
Pero un día, las combinaciones del destino hicieron que este buen hombre le
de la hora a una chica que tenía por costumbre coleccionar naranjas, muchas,
hasta que se pudriesen. Entonces recién después las tiraba.
Esta chica no tomó el gesto como picaresco ni coquetero, sino que lo tomó
realmente como solidario, caballeresco, e incluso oportuno.
Así, en tanto la relación continuó -con un entendimiento muy natural entre
ellos-, fueron a vivir juntos, y eran muy felices en una casa caracterizada
por el olor a naranjas fermentadas (cosa que al señor Gutierrez jamás le
resultó desagradable).
Era común ya que caminando juntos tomados de la mano, el señor Gutierrez
dijese las horas a la gente que le preguntaba, de la misma manera que lo
hacía siempre. La señorita Belloni -su novia- sonreía (algo orgullosa y a la
vez benévola) a su lado.
El tiempo transcurrió, y decidieron casarse, y tuvieron un hijo al tiempo
transcurrido.
El chico, a medida que fue creciendo entre la seriedad y bondad y naranjas
podridas, adquirió hábitos de la Ciudad, y su herencia fue transmitida
horizontalmente a sus compañeritos de jardín, prescolar, y así, quienes eran
los únicos que tomaban la seriedad de sus actos.
Pese a las protestas de los padres por las costumbres extrañas que sus hijos
obtenían, jamás pudieron averiguar de dónde salían y tampoco pudieron -pese
a castigos, culpas y amenazas- quitarlas en todos.
Esta historia insólita, me fue contada por un amigo, que dice que data
cuando la gente todavía daba la hora una sola vez.
Yo aún no comprendo por qué en ese entonces eran tan mezquinos, pero lo
acepto como parte de la cultura de la época, si es que alguna vez existió y
esta historia no es una ficción.